The Wood

Gracias a mi trabajo, realicé un viaje fuera del país donde estuve radicando por varios años. Ahí conocí a Regina y Mario, su esposo. Ella era una mujer extravagante con cirugías de pies a cabeza, especialmente en sus senos, pues pesaban más que cualquier recién nacido. Su esposo no era más que un simple patán y mujeriego a quien, por cierto, no le importaba el lugar donde estuviese, siempre usaba esos lentes oscuros.

No fue hasta que hablé con ellos por teléfono cuando me enteré de toda clase de homicidios que cometían. Mario me platicaba muy emocionado los lugares que, a él y a Regina, les gustaba visitar para poder cometer sus perversos actos. Era un lugar muy lejos de la ciudad donde se tenía que conducir por horas para poder llegar, con toda la seguridad según él, «y experimentar la actividad más excitante y llena de adrenalina como ninguna otra».

Días después me visitaron a mi departamento, en su vieja camioneta Ranger color blanca, sucia y oxidada, modelo 99. Era ya tarde y se quedaron platicando conmigo; no se cómo sucedió, pero me convencieron de ir a ese lugar lejano, obviamente yo no soy ningún psicópata ni mucho menos asesino, solo fue el morbo lo que hizo que visitara ese lugar. Subimos a la camioneta. Mario manejaba y Regina iba de copiloto mientras yo decidí subirme en la parte de atrás. Un poco confundido y emocionado a la vez, preferí ir a la intemperie.

Viajamos por horas y el sol ya estaba ocultándose. Era uno de esos extraños atardeceres donde se veía azul todo alrededor, no sé si me doy a entender, pero así lucía el día. De repente, entramos a un monte muy extraño donde había una gran cantidad de animales muertos: perros atropellados, caballos en descomposición, algo muy raro y con una peste inimaginable. A lo lejos, se lograba ver que terminaba el monte y comenzaba un gran bosque, con enormes árboles. Cuando llegamos a él, Mario detuvo la camioneta y se bajó junto con Regina, pero ambos lucían mal; se habían drogado.

El bosque lucía tenebroso, pues se perdía en la oscuridad de la noche que apenas comenzaba. «¿En serio van a entrar ahí? – les pregunté muy intrigado»-. – La verdad ya nos vale madre todo – respondió Mario-. Si supieras todo lo que hemos hecho-. Yo aún le pensaba mucho en entrar al bosque, pero después de un rato me atreví;  de eso a quedarme solo, mejor fui con ellos.

En el bosque había casas pequeñas tipo cabañas con gente dentro, había además camionetas estacionadas fuera de ellas, como si el bosque fuera visitado por más personas. Seguimos caminando y llegamos a una cabaña muy grande que tenía una hoja de máquina a un lado de la puerta. Era un anuncio, pero no como cualquiera. Éste tenía impresa la cara de un niño, dos armas y una leyenda que decía en letras mayúsculas «NIVEL 1». Quedé muy confundido y por supuesto asustado; Mario y Regina entraron primero y yo los seguí.

La cabaña no tenía ventanas y el piso de madera hacía un ruidoso rechinido cada vez que alguien caminaba en él. Cuando pasamos, de inmediato se abrió – lo que yo creía que era pared – una gran puerta automática de madera y a lo lejos se lograban ver dos niños de aproximadamente 6 y 7 años, pero no eran esos tiernos y angelicales seres que todo mundo conoce. Aunque suene raro, estos pequeños individuos comenzaron a disparar de la nada y asesinaron a Mario con un tiro directo a la cabeza. «¿A dónde chingados me trajeron Regina, qué pedo con esto? – le dije muy alterado mientras corríamos hacia un sótano que estaba a nuestra derecha»-.

Los disparos seguían, pero Regina y yo logramos escondernos dentro del sótano en donde había dos armas. Tomé una y Regina la otra. Uno de los niños venía directo contra mí y el otro contra mi extravagante amiga; pero por más que disparaban nunca nos dieron, hasta parecía que estábamos protegidos. Cuando decidí – después de pensarlo demasiado – dispararle al mocoso, me llevé la sorpresa de que mi arma no disparaba balas, sino un chorro de gasolina que no le hacía daño alguno. A lo lejos, veía que el otro niño arrastraba a Regina por todo el piso. Era algo tan extraño, no podíamos contra dos pequeñas criaturas de menos de un metro de estatura, pero con la fuerza de un monstruo.

El escuincle que tenía a Regina la desmayó con un golpe en la cabeza y enseguida le dijo con señas a su enano amigo que apagara la luz y éste se fue corriendo hacia el apagador que, por cierto, no alcanzaba por su diminuto tamaño. Yo estaba en shock, no sabía ni entendía nada de lo que estaba pasando, pero después vi que los niños intentaban huir como si supieran que pasaría algo. Corrí por Regina y la arrastré como pude por todo el piso que estaba lleno de gasolina. A lo lejos, uno de los niños había conseguido un banco pequeño para poder apagar la luz y cuando intentó hacerlo, comenzaron a saltar chispas haciendo al mismo tiempo que la luz de la cabaña se fuera y regresara, como un corto circuito.

Mientras arrastraba a mi pesada amiga por lo suelos, y quien aún se encontraba inconsciente, le decía desesperado: «levántate, tienes que pararte. Nos vamos a quemar». No podía, ni siquiera sabía lo que estaba pasando, entonces la levanté como pude y la comencé a subir por unas escaleras. – Muchas gracias -dijo Regina en voz muy baja-.

Seguí caminando por las escaleras, los niños ya no estaban presentes. Logré llegar a la azotea de la cabaña que estaba cubierta de cemento, recosté a Regina en el piso y comencé a pedir auxilio, pero solo se lograba escuchar mi eco, era inútil. «Auxilio, ayúdenos. Tengo a una mujer herida». Me asomé para ver hacia abajo y me llevé una sorpresa aun más grande. Estábamos en medio de la nada. Ya no había árboles, no había personas, no había nada. A lo lejos -y muy a lo lejos- se alcanzaba ver detrás de la espesa neblina, las luces encendidas de una camioneta. Prendían y apagaban hasta que desaparecieron.

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Publicado por alexvillarrealsite

Amante de la redacción y el buen uso de la ortografía en cualquier medio; en cualquier lugar. Viajo, conozco y descubro. Comparto lo sorprendente de México con el resto del mundo.

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