Criaturas vivientes

Mientras esperaba que mi novia terminara de arreglarse, me senté en la sala de mi departamento, ella no se apresuraba y teníamos que salir a una comida muy importante. ¿Por qué tardarán tanto las mujeres?, no lo sé. En cambio yo solo tomé una ducha, me cambié, peiné y me puse los zapatos, fue todo. Sin tanto problema, sin necesidad de preocuparme.

El espejo en el lavabo fuera del baño era el que ella siempre utilizaba para maquillarse, yo no la veía, pues un muro impedía la vista desde la sala; solo la escuchaba cuando me decía que la esperara y que no la estuviera apresurando. Tomé mi celular y comencé a revisar mi correo electrónico. De pronto, tocan la puerta, me asomo por el ojillo y veo a tres hombres aparentemente normales. Me dijeron -muy amables por cierto-: -Buena tarde, estamos haciendo una campaña sobre el cuidado ocular, ¿podemos pasar y realizarle la prueba?-. Sabiendo que a mi novia aún le faltaba tiempo para terminar de arreglarse y al estar consciente que desde hace meses comenzaba a ver un poco borroso y sentir un ardor en mis ojos, no vi ningún inconveniente y acepté.

Luego de que entraran, me hicieron un par de preguntas y me realizaron la prueba típica donde te sientan frente a una cartulina con un montón de letras de distintos tamaños y te cubren un ojo, luego el otro. En conclusión, me dijeron que el uso constante de la computadora estaba perjudicando mi vista y que era necesario utilizar anteojos. Se sentaron en la sala y uno de ellos, indirectamente dijo – hace bastante calor afuera-. «Pero qué tonto, no les ofrecí ni un vaso de agua, una disculpa. Siéntense – les dije en tono avergonzado»-. Fui directo al refrigerador para ofrecerles agua fresca. Serví agua en tres vasos de vidrio y regresé a la sala, pero noté algo muy extraño, estaban sudando como nunca antes había visto sudar a una persona. Les entregué el vaso con agua y se lo tomaron muy de prisa. También noté que a uno de ellos le estaba cambiando el color de piel.

«¿Están bien?-les pregunté un poco asustado-«. Uno de ellos -el más alto- se paró del sofá y me quebró el vaso de vidrio en la cabeza. Caí al suelo noqueado mientras uno de ellos me sujetaba para que no me moviera. Yo estaba boca abajo mientras el sujeto me detenía mis brazos y alzaba mi cabeza para que mirara lo que estaban a punto de hacer. Los otros dos hombres fueron directo con mi novia quien se había encerrado en el baño luego de ver cómo me quebraron el vaso en la cabeza. Ya no lucían como personas, su aspecto cambió en minutos; tenían la piel podrida, dientes amarillos y una fuerza enorme.

Cuando los otros individuos rompieron la puerta del baño y sacaron a mi chica, la pobre no hacía más que gritar y mirarme a los ojos. Yo no podía hacer nada, estaba un poco inconsciente y sujeto por uno de ellos. No sabía cómo llamarlos, ¿zombies?, ¿muertos vivientes?, qué más da. Eran unas personas asquerosamente horribles y esa peste que se cargaban, en serio era insoportable.

Tomaron a mi novia y comenzaron a tragarla, primero del cuello y, cuando le desprendieron la cabeza, uno de ellos muy hambriento tomó su cerebro y lo devoró mientras otro comía sus intestinos. El putrefacto hombre que estaba encima de mí, se paró y fue a probar su exquisito bocado: mi novia. Pero antes, me tomó de mi camisa y me lanzó contra el mueble donde estaba la televisión. Cayó todo sobre mí y ya no supe nada.

Cuando regresé en sí, luego del golpe, abrí los ojos, me quité la tele y el mueble de encima y me puse de pie. No había nadie, se habían ido. En el departamento solo estaban los restos de mi novia y por supuesto yo. No entendía nada. ¿Por qué no me hicieron daño?, ¿por qué no me devoraron a mí también? Bajé por las escaleras y me dirigí a la calle para ver si había algo fuera de lo normal. Solo pude observar mucho confeti regado, algunos autos estacionados y a lo lejos un niño, solo, como la calle. Parecía un fraccionamiento fantasma, no había nadie solo ese pequeño al final de la cuadra. Le grité, él volteó y se quedó parado en el mismo lugar. -«¡Ven! ¿Qué estás haciendo solo?, ¿dónde están tus papás?»-. El niño levantó su brazo, apuntó al techo de mi departamento y, en cuestión de segundos, salió uno de ellos y se lanzó sobre el frágil cuerpo para comenzarlo a devorar. Enseguida volteé hacia donde él me había indicado y vi a otra criatura.

No era un zombie, no era otro muerto viviente. Éste, por el contrario, no tenía la apariencia de una persona, más bien parecía una rata con piel color verde soldado, no tenía pelo. Estaba jorobado y caminaba en dos patas; era repugnante, nunca antes había visto algo parecido. Se lanzó sobré mí desde el techo, pero logré esquivarlo. Subí por las escaleras hasta mi departamento y cerré la puerta.

Lo más rápido que pude comencé a empacar cualquier objeto punzocortante que tuviera en mi cocina, los introduje en una mochila, una muy amplia que había comprado hace ya varios años y, antes de cerrarla, tomé el cuchillo cebollero y unas cuantas prendas. La tomé y colgué en mi espalda, abrí la puerta de forma cuidadosa – para cerciorarme que ya no estuviera la criatura verde-, y efectivamente había desaparecido.

Bajé las escaleras, pero luego vi cómo un montón de mis putrefactos enemigos se acercaban corriendo hacia mí. Salieron de una casa a lo lejos, por donde estaban los restos del niño. No lo pensé y me subí corriendo por las escaleras para luego montar una pequeña barda que llegaba hacia el techo. Cuando por fin estaba arriba, miré a los techos de las demás casas y había más de ellos, todo un ejército ahora en techos y la calle. Dos de ellos saltaron desde la casa del vecino de alado y, de repente, pasó algo en mí en ese instante.

Algo salió dentro de mi cuerpo y se fue corriendo, era mi alma. Los zombies fueron inmediatamente tras ella mientras yo me quedaba fijamente parado en la esquina del techo de mi departamento. Era algo tan curioso y maniático al mismo tiempo, pues veía desde otro ángulo cómo corrían tras de mí todos esos olorosos muertos vivientes y al mismo tiempo despreocupado porque parecía ser ahora alguien a quien no podían ver o como si no fuera a mí al que buscaban, no lo sé; nunca lo sabré.

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Publicado por alexvillarrealsite

Amante de la redacción y el buen uso de la ortografía en cualquier medio; en cualquier lugar. Viajo, conozco y descubro. Comparto lo sorprendente de México con el resto del mundo.

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